Lola

Hora de merendar

Llevaba un tiempo yendo a su casa por motivos semiprofesionales, visitas que al final acabaron siendo de pura amistad. El vivía con Lola, y Lola era un tanto especial. Según me confesó a Lola le costaba aceptar nuevas amistades. Era un poco reacia a salir de su mundo, de su círculo de amigos.

Al principio no me contó mucho más de ella, solo me dejaba caer algún que otro detalle de vez en cuando. Imaginé muchas veces el aspecto de Lola y que haría encerrada en aquella habitación durante el tiempo que yo permanecía en esa casa.
Siempre, cuando entraba en su casa y mi mirada se perdía en el final del pasillo, en dirección contraria al despacho donde trabajábamos, me decía que no me preocupara, que ella acabaría haciéndose a mi y yo a ella y que nos conoceríamos.

-En realidad -me dijo- a Lola le encanta la gente, y que la gente le dé cariño. Y añadió sonriendo: –Hareis buenas migas

Un día, al abrir la puerta, me guiñó un ojo, y me dijo con voz susurrante:

-Creo que ha llegado el momento

-¿El momento? –repetí entre sorprendido y asustado.

- Si, el momento. El momento de que Lola te conozca y que tú conozcas a Lola.

El mundo se me cayó encima. Nos dirigimos hacia la puerta del fondo del pasillo, aquella puerta tras la cual estaba Lola. Aquella puerta en la que Lola se encerraba cada vez que venía algún extraño, cada vez que venía yo.

-¡Espera! –me dijo sobresaltado. –Se nos olvida una cosa.

Se dirigió a la cocina y después de unos breves instantes regresó con una magdalena en la mano.

-Ten. Cuando yo te diga se la das a Lola. No te preocupes, tu tranquilo, no te hará nada.

Abrió la puerta, justo lo necesario para pasar él sólo, cerrándola inmediatamente. Y allí me quedé yo, temblando, con una magdalena en la mano. Después de un par de minutos la puerta se abrió y una bestia se abalanzó sobre mi (yo diría que directa a mi yugular) mientras yo cerraba los ojos y me encogía sobre mi mismo, muerto de miedo. Abrí los ojos y pude ver a Lola rugiendo levantada sobre sus patas traseras mientras su dueño sujetaba firmemente la correa que tensaba su cuello. Era una preciosa y terrible perra.

Ya os conocéis –me dijo él. –Ahora faltan las presentaciones

Señalando la magdalena me hizo un gesto para que se la diese a la perra. Primeramente me acerqué despacio, calculando cada paso, sopesando cada movimiento. Lola al ver la magdalena se calmó totalmente incluso giro su boca esperando coger el presente que yo le ofrecía más fácilmente. Ni siquiera rozó mi mano. Se la comió relamiéndose y una vez terminada se quedó mirándome mientras su dueño acariciaba su poderoso cuerpo. Ese era el método que usaba para acercar a gente nueva a su perra.

Después de aquel día cuando visitaba la casa, Lola no se encerraba en su cuarto y poco a poco, muy lentamente, le fue permitido acercarse a mí. Primero siempre con su dueño interponiéndose entre los dos y tiempo después la dejaba acercarse a mi. Lola fue comportándose como un perro amigable e incluso se dejaba acariciar, aunque yo nunca le perdí el respeto ni el miedo.

Un día que me quedé solo con Lola durante un buen rato tuvo lugar un pequeño incidente. La perra empezó a acercarse y a mordisquearme sin parar. Yo intentaba alejarme sin conseguirlo. Del sofá pasé a una silla, de la silla a un sillón, y acabé de pie en un rincón de la habitación.

Lola estaba completamente levantada sobre sus patas traseras, con las delanteras apoyadas en la pared, sobre mí. Su cuerpo hacía ese movimiento cadenciosamente obsceno, adelante y atrás, acercándose y alejándose de mi pobre persona. Intenté empujarla con las manos horrorizado pero cada vez que lo hacía ella intentaba morderme. Yo no sabía que hacer para salir de esa situación tan absurdamente ridícula y terrible. Por fin pude gritar a su dueño, que entró en la habitación al cabo de un momento. Nos miró a los dos con cara de circunstancias. Llamó a su perra y la apartó de mí. Intentó tranquilizarme diciéndome que no me preocupara, que a Lola le encantaba hacer eso. Lo remató, supongo que para ver si me animaba, diciendo que por lo visto yo le tenía que haber caído muy bien.

Tardé un tiempo en mirar a los perros con la indiferencia a la que estaba acostumbrado anteriormente.

…y en cuanto a Lola …nunca volví a acercarme a ella.

 


Foto | Darco TT


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Comentarios

Je je je…
vaya historia!

¿es veridica?

Sí, lo es, como la vida misma ;)

No sólo de magdalenas vive el perro…

:roll:

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